Cría Cuervos fue rodada poco antes de la muerte del Caudillo. Coincidía pues su estreno tras el fallecimiento de éste, en una etapa española convulsa y llena de cambios, cosa que benefició al film debido a que jugaba a bordear (e incluso en algunos pasajes a traspasar) la línea entre lo moral y lo políticamente correcto, dejando un mensaje velado, por temor a la censura, todo hay que decirlo, que no casaba para nada con lo que promulgaba el franquismo.
Ejemplo de ello es la figura paterna de la protagonista, un militar condecorado y muy apreciado entre sus congéneres, pero que se nos presenta teniendo relaciones sexuales con la mujer de un amigo, mientras su hija lo observa todo silenciosamente desde la escalera.
Este hecho en concreto, el dibujo perfilado de un comandante adúltero, se ganó la oposición más férrea de la mano de militares españoles influyentes, incluyendo al vicepresidente del gobierno Santiago Díaz de Mendívil, que intentaron hacer presión para vetarla, aunque sin éxito.
También el sexo se mantiene presente en otras escenas, como cuando Ana, (que nos servirá de narradora crucial, y cuyos ojos se convertirán en nuestros ojos) ve como su hermana mayor toma prestado de su tía un sujetador que apenas puede rellenar, para mirarse luego complacida en el espejo, reflejando en el brillo de esa mirada el despertar sexual, temprano y confuso, que sin embargo no se juzga ni cataloga.
Y esto es quizás un punto fuerte de Cría Cuervos, que lejos de ahondar en el bien o en el mal, simplemente muestra con descaro, abriendo una mirilla que nos acerca nostálgicamente a esa curiosidad infantil de la que todos alguna vez hemos sido partícipes, ejemplarizada en muchas secuencias, como en el momento cuando Ana pregunta a su nana si le ha amamantado al nacer y le pide, consecuentemente, ver sus pechos, y donde se suma la incomprensión del mundo de los adultos, con las prisas injustificadas de dejar la niñez atrás.
Como siempre me gusta traeros de lo bueno lo mejor, y de lo mejor lo superior, vengo esta noche aciaga a hablar de una pedazo de obra maestra (menos mal que no me estáis viendo en directo, porque me estoy muriendo de risa) titulada Death Bed: The Bed That Eats (La Cama de la Muerte: La Cama que Come).Y sí, es una cama. Una cama que come.
Si aun así tenéis los cojones de buscarla, por los motivos cualesquiera que sean, (en mi caso particular si no me trago de vez en cuando una porquería mayúscula pues es que no soy feliz, para que mentiros) advertiros que es un poco difícil de encontrar, pues el mismo director, George Barry, ni si quiera se acordaba de haberla hecho, y analizándola seriamente lo comprendo, tenía que estar puesto de drogas hasta las cejas durante el rodaje.
Por cuestiones que también escapan a mi entera compresión, una copia que no ardió sin más porque se odiaba a sí misma (no la quería ni la combustión espontánea) siguió rulando libremente por el mundo, y claro, como ocurrió con The hands of fate, 1966, (Las Manos del Destino, de Harold P. Warren, conocida también simplemente como Manos),Reefer Madness o Tell Your Children, 1936,de Louis J. Gasnier, (traducida como Locura Canábica o Digan a sus niños)o la más reciente en el tiempo Troll 2, 1990, de Claudio Fragasso, que ya analizamos aquí anteriormente, surgió una legión de fans alrededor de esta cama poseída exigiendo al director su lanzamiento original en dvd. Ya por entonces el famoso y controvertido crítico cinematográfico estadounidense Roger Joseph Ebert, (controvertido por reducir mediante su columna Siskel & Ebert la crítica a pulgares arriba o pulgares abajo) y cuya película favorita era Citizen Kane, 1941, (Cuidadano Kane)y que acabó ganando elpremio Pulitzer, le dio un like y elogió a este mueble que mastica, porque sí, mastica.
En ¿Quién puede matar a un niño? nos encontramos ante un pedazo de obra maestra, que aunque no recibió en su momento el tratamiento que realmente se merecía, (ya que estamos hablando de los setenta, y el tabú de matar un puñado de críos presentado a una sociedad española reprimida, y aun no curada de espanto, fue una acción tachada como poco de excesiva y como mucho de loca), con los años ha ido ganando peso, más aún si la comparamos con las porquerías de terror psicológico que nos podemos encontrar actualmente.
Y es que el responsable no es otro que el gran Narciso Ibáñez Serrador, que marcó a toda una generación entera allá por 1966 con sus exquisitas Historias para no dormir, y que acabó más enfocado a la dirección y producción de televisión, dejándonos solamente dos joyitas en su haber como director de cine, ambas del género de terror, hablamos de La Residencia, (1969) y esta que ahora mismo analizamos, ¿Quién puede matar a un niño? (1976).
Este sólido clásico cobró vida a partir de la novela de Juan José Plans, que a su vez nació de un conjunto de historias que él mismo narraba por la radio (un gustazo oírlo, por cierto, si tienen la oportunidad de encontrar algo por la red les recomiendo que lo hagan, hallarán una voz que no tiene precio) y cuya idea surgió al ver una imagen de la guerra de Vietnam, donde unos niños intentaban huir sin éxito mientras el napalm estallaba a su alrededor.
A Chicho le encantó el concepto, pero he de aclarar que existen diferencias entre el libro y el film, ya que mientras que en el primero la maldad de los niños es explicada por una especie de polvo espacial que cae sobre ellos en un meteorito, en el segundo no se sabe qué es exactamente lo que origina ese cambio en toda una isla entera, achacándolo quizás más a una especie de venganza común por todos los crímenes cometidos contra los infantes a lo largo de la Historia, que a motivos alienígenas.
Casi finalizando la decáda de los ochenta, el Slasher (cuyo principio se basaba en la aparición de un psicópata x, que por diversas cuestiones estaba tremendamente traumatizado, y cuyo hobbie principal era matar a chicas y chicos guapos moderada o rematadamente idiotas, que se metían Dios sabe por qué en entornos aislados e inhóspitos, y si pillaba a estos adolescentes en pleno acto sexual, mejor que mejor) se hallaba ya de capa caída, debido a la explotación y repetición de este género que tuvo su auge en los setenta y continuó hasta mediados de los ochenta, con pelis que actualmente ya son consideradas de culto, como The Texas Chainsaw Massacre, 1974, (La matanza de Texas), Friday the 13th, 1980, (Viernes 13) , o Madman, 1981, entre otras.
Es por eso que los directores amantes del terror enfocados al público objetivo juvenil buscaban, ante la bajada de taquilla, desesperadamente reinventarse, aunque muy pocos lograron dar con la tecla, cosa que claramente consiguió Anthony Hickox, que se estrenó con Waxwork en 1988 (Museo de Cera).
Y es que teniendo en cuenta de que se trataba de su primera incursión en el cine, que estamos hablando de serie B y que contaba con un presupuesto más que modesto, ciertamente superó todas las expectativas, y dio un nuevo sentido a la horror movie, haciéndose un merecido hueco en el género, porque debemos admitir, analizando su trayectoria posterior, de la que no soy muy fan,(a excepción de la segunda parte de ésta, titulada Waxwork II: Lost in Time, 1992, traducida al español como Museo de Cera II: El misterio de los agujeros negros, sin duda de menor calidad que su antecesora), que aquí estuvo realmente inspirado.
De esta forma nos encontramos ante un original film que homenajea a los monstruos clásicos (Drácula, el hombre lobo, la momia, el hombre invisible, o Frankenstein, entre otros) así como a personajes físicos que hicieron fama por su extremada maldad, (como Jack el Destripador o el mismo Marqués de Sade) conectándolos entre sí a través de diferentes historias, y donde el hilo conductor son las mismas figuras de cera, que tienen la capacidad de atrapar el alma y llevar a su mundo a los incautos observadores.
Tengo que afirmar que yo ya era fan de Taika Waititi. Fue cuando por casualidad me tropecé con una crítica en internet de su falso documental de vampiros, What We Do in the Shadows, 2014 ( Lo que hacemos en las sombras) y es que teniendo en cuenta que a) me pirran los documentales, y b) que saco brillo a mi más preciada colección de dvds de Classic Monsters Collection, fue ver la palabra vampiros y allá que fui corriendo al videoclub a buscarla.
Y en el punto exacto donde ese delicioso grupo de vampiros le realizan al nuevo iniciado el "corro de la vergüenza", definitivamente me enamoré del humor negro y la inteligencia del director. Recuerdo haber dicho en voz alta, "Ojo, que aquí tenemos un filón".
Y claro, como cuando te dan algo bueno buscas más, no paré hasta conseguir Boy, 2010, (Chico), y me encontré de repente en una granja colorida con un chaval obsesionado con Michael Jackson, una cabra, un hermano pequeño con supuestos superpoderes, y esa mezcla de animación y fantasía que a mí, personalmente, siempre me conquista.
Fijarse hasta dónde llegó el tema que, aunque no soy nada de superhéroes y nunca me ha terminado de llegar la saga de Marvel Comics, fue ver que Taika dirigía Thor: Ragnarok, 2017, y me la tragué enterita, y no me arrepiento en absoluto. Porque es que aún siendo un género que da poco para la innovación, (sí, lo que esperas de sagas así es mucho efecto especial y mucha música chula) ese toquecito de humor negrísimo que se ha convertido en el sello del director se deja ver tanto en el protagonista como en otros personajes más secundarios, (quién puede olvidar a ese traumatizado Hulk), y es que este tío, hay que admitirlo, todo lo que toca lo vuelve oro. Si existieran las vidas pasadas, fijo que era alquimista.
Como ya, claramente, le seguía la pista, cuando oí "pues ahora ha hecho una de Hitler" hasta que no la encontré decentemente en original subtitulada, (siempre me gusta ver las pelis en su idioma original) no pegué ojo. Y madre mía. Si estaba convencida que a este hombre le iba a costar la vida superarse, (es lo que tiene cuando mantienes un listón muy alto), Taika Waititi me dio un "zas, en toda la boca" a lo Sheldon Cooper, con esta versión del holocausto que me ha hecho reír y llorar a partes iguales, que me ha mantenido enganchada desde el primer segundo del metraje, y de la que no puedo decir nada desfavorable.
La obra maestra del maestro del horror italiano. De estridente sonoridad ( Goblin) y un virtuoso uso del color, la película se inspira libremente en un libreto de Thomas de Quincey, Suspiria de Profundis(1845),donde se describe la existencia de Las Tres Madres, de los Suspiros, de las Lágrimas y de las Tinieblas, que desde diversos puntos del planeta intentan gobernar los designios humanos.
Cual macabro cuento de hadas, el inicio nos muestra la salida del aeropuerto de la estudiante de ballet Suzy Bannion ( Jessica Harper) y su llegada a la Academia de baile, cuya barroca arquitectura será una protagonista más.
" Tres lirios. Hay que girar el azul." La bienvenida de Suzy no puede ser más enigmática y la revelación de la oración hundirá a la protagonista en un laberinto onírico ( físico y psicológico) .
Argento plasma en imágenes un título que pertenece también a De Quincey, Del asesinato como una las bellas artes (1827), muy en consonancia con la tradición del giallo anterior (La cola del escorpión (1971) o Torso( 1973) ambas de Sergio Martino y con todo tipo de muertes creativas) y del cual Profondo Rosso ( Darío Argento ,1975 ) significaba el cénit y bisagra a la par, pues dinamitaba toda la sintaxis del subgénero y abría nuevos senderos... Más esotéricos.
Libremente inspirada en Blancanieves y los siete enanitos, la orgia visual de Argento nos remite a nuestros miedos más profundos y aflora nuestras tendencias más siniestras. Una bocanada de aire fresco en el infierno. El autor incluso se permite un ejercicio de autorreferencia, pues la solución al conflicto( la cual dejo en vilo) tendrá como objeto una pluma de cristal en clara alusión a su ópera prima El pájaro de las plumas de cristal ( 1969 ) espaldarazo definitivo del giallo y crisol depurador de todas las directrices marcadas por Mario Bava en la obra fundacional Seis mujeres para un asesino ( 1964 ).
Devastadora policromía.
Trilogía inconclusa durante muchos años, Argento rodó Inferno( 1980 ) tras el éxito de su predecesora y no del todo desdeñable y en 2007 culmina la historia de las Tres Madres con La terza madre. También fue objeto de un remake en 2018 ( Suspiria, Luca Guadagnino).
La fotografía de Luciano Tovoli es protagonista al igual que la arquitectura de Varelli, el ficticio arquitecto que diseña las casas de las Tres Madres , personificaciones de la Muerte. La escuela de baile es un laberinto que teje una telaraña de la cual es poco probable escapar y la música de Goblin una endiablada partitura que se muestra omnipresente. Muchos de los protagonistas de los films de Argento ocupan una faceta artística, simbolizando en ellos la capacidad del artista para atrapar elementos de la realidad que permanecen ocultos al resto de los mortales ( como siglos ha nos escenificó Platón en su Ión , como el propio Argento ilustró en El síndrome de Stendhal( 1996).
Descontextualización.
El espacio donde transcurre la película transmite simple y llana irrealidad , mientras el boceto de Goblin nos insinúa de continuo la presencia de La Madre de los Suspiros y su ausencia, dialéctica que encarna igualmente su concepto bello y macabro del crimen.
Así, desde su interior, el autor revienta todas sus propuestas estilísticas anteriores y se aleja definitivamente de su célebre trilogía zoológica ( la ya mencionada El pájaro de las plumas de cristal (1969) , El gato de las nueve colas (1970)y Cuatro moscas sobre terciopelo gris(1971)).
El argumento es una excusa para ilustrar una serie de acontecimientos a cual más nocivo, embriagador, lascivo... ¿ Cuándo la razón pierde su cetro qué nos queda? Pura metáfora... La realidad en su apogeo dionisíaco.
Entrañas.
Cuando una obra nace de las entrañas se escapa de toda conceptualización académica. Suspiria es visceral . Buñuel lo era. Como también lo fue Lorca. No pocas similitudes se encuentran entre el duende andaluz y la tragedia griega. Precisamente por abandonar los caminos más trillados, la crítica más reaccionaria y corta de miras no supo apreciar las virtudes de este soberbio ejercicio manierista. Argento abandona la razón para dejar paso a la fe...
Catarsis.
"El miedo son 370 grados de temperatura corporal. Con Suspiria quise alcanzar los 400" ( Darío Argento)
En esos términos explicó el italiano su intencion con Suspiria. Finalidad conseguida sin duda. Y la siniestra textura de muchas de sus imágenes y música provoca en el espectador una purificación pocas veces alcanzada ante una obra cinematográfica. Muerte y redención . Ese soplo de aire fresco del infierno...
Lo mejor: sus 20 primeros minutos.
Lo peor: que Argento no hubiera parido más películas de este calibre.
Llevo semanasdándole vueltas a cómo afrontar esta crítica, porque, sinceramente, mira que el haberme leído todo lo que cayese en mis manos desde mi más tierna edad me ha dotado de un vocabulario amplio, extenso y nada desdeñable, pues he de confesar que, así y todo, a la hora de describir Troll 2, considerada peli de culto y una de las peores películas de la historia, me da la sensación de que me voy a quedar corta.
Dirigida (ya es que es nombrar el término dirigir y me entra la risa) por Claudio Fragasso, conocido en la industria de la Italoexplotation por colaborar con el por entonces injuriado por la crítica Lucio Fulci, (cosa que claramente le dió al muchacho un subidón de autoestima alucinante), no se le ocurre otra que irse allá por el 89 con su mujer, Rossella Drudi, responsable del ¿guión? (el cual ella compara, lo juro, con Casablanca), y sus colegas a Utah, sin tener ni idea de inglés, y esto lo aclaro porque para el reparto deciden tirar de la misma gente del pueblo y algún que otro actor amateur, a los cuales intentan "guiar" en italiano, (que habría que verles la cara a los pobres) para rodar una peli "de esas de miedo adolescente que ahora andan tan de moda".
Y así, amigos míos, nace Troll 2, y os preguntaréis, y el 2 ¿a qué viene? ¿es que es secuela de algo? La respuesta es no. Y aquí entra en escena la estupenda idea del productor Joe D´Amato, (cuya trayectoria nos daría para otro post entero, creedme) que, con dos cojones, y sin pagar ni un duro, decide aprovechar el tirón que tuvo una peli de serie B titulada Troll, (1986) a manos del productor Charles Band.