Delicatessen es una película francesa donde se dan la mano el humor más negro y la ciencia ficción más distópica, codirigida por Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro, y protagonizada por el siempre genial Dominique Pinon y la polífacética Karin Viard.
Así, en una Francia de época futura indeterminada, la contaminación, el desempleo y el hambre han reducido la población de manera exponencial, sobreviviendo apenas unos pequeños nucleos de personas, que se apiñan (al parecer) en bloques, muy separados entre sí, con una gran neblinosa nada entre medio, e interconectados por un cartero y un puñado de taxis que cobran los zapatos que el viajero lleve puestos.
De este modo peculiar nos hallaremos frente a uno de estos edificios comunales, a dónde arriba nuestro protagonista masculino ex-circense con la promesa de un puesto de trabajo como obrero de mantenimiento a cambio de casa y comida, y que es regentado por un carnicero con pinta de Jason Voorhees pero en gordo y sin máscara, cuya cara de decepción al ver llegar al esmirriado artista ya te hace sospechar que lo que menos le importa a este casero es que se cambien bien las bombillas.
Y es que en esta comunidad bizarra y loca, cuyo objetivo fundamental en la vida es alimentarse, vamos a encontrar personajes de lo más surrealistas y divertidos, como por ejemplo la co-protagonista en este caso miope y violonchelista (que se empeña en no usar gafas) hija del carnicero, o el señor del bajo que vive voluntariamente inundado y cuyas mejores amigas son las ranas y las babosas, o la familia que está dispuesta a donar a la abuela por la causa y que son incapaces de controlar a sus hijos malignos, o los dos artesanos que fabrican metódicamente cubos de juguete con sonidos de vacas, y que decir de la eterna esposa suicida que, ante la impasividad del marido, tiene muy mala suerte en su obcecada y creativa obsesión por matarse.

